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A 500 años de la invasión y conquista de la Gran Temixtitan, hoy Ciudad de México

A su llegada a Temixtitan, seguían a Cortés 400 hombres de armas, entre los que destacaban 12 o 13 a caballo, 29 o 30 con ballestas, 10 o 12 con escopetas, 30 o quizás más hombres encargados de 10 o 12 cañones, y 80 marineros

Después de salir de la ciudad de Iztapalapa, Fernando Cortés ‒conocido en la actualidad como Hernán Cortés‒ llegó a lo que llamó la gran Ciudad de Temixtitan, hoy Ciudad de México, el 8 de noviembre de 1519, como le escribió a su rey don Carlos y a su madre doña Juana en su Segunda Carta de Relación fechada en Segura de la Frontera [Tepeaca, Puebla], el 30 de octubre de 1520.

Los párrafos de esa noticia son muy escuetos y sólo hacen gala de su presencia y una breve descripción de la calzada que se abría paso de manera rectilínea entre las aguas de las lagunas que llegaban a las puertas de la gran Ciudad de Temixtitan, urbe que se encontraba flanqueada por otras no menos portentosas ciudades a las que aludió con los nombres de Misicalcingo, (Mexicalcingo) Niciaca (Coyoacán) y Huchilohuchico (Churubusco).

En esa descripción de su llegada a Temixtitan, Cortés omitió decir que le seguían 400 hombres de armas, entre los que destacaban 12 o 13 a caballo, 29 o 30 con ballestas, 10 o 12 con escopetas, 30 o quizás más hombres encargados de 10 o 12 cañones, y 80 marineros.

A todos ellos se refirió como españoles, aunque sabemos, por la narrativa de otros conquistadores, que procedían de los entonces reinos de Venecia, Portugal, Italia, Andalucía, Castilla, Extremadura, León, Galicia, Asturias, Navarra y Vizcaya.

Con ellos también venían 800 o 900 nativos de Cuba y varias decenas de hombres y mujeres de África, algunos esclavos y otros libres.

A ese conglomerado humano que seguía a Cortés habría que agregarle los nativos que a fuerza o “voluntariamente” servían como esclavos o “vasallos” para que reforzaran su ejército o transportaran municiones, flechas, bombas y muchos otros objetos propios de aquella multitud, así como los víveres y tributos en oro, piezas de algodón, comida, etcétera, que iba exigiendo a los pobladores de los pueblos o comunidades por los que pasaba o a los que terminó venciendo en las batallas de Centla (Tabasco), Cempoala (Veracruz), Tlaxcala y Cholula.

La caravana que llegó a la Ciudad de Temixtitan posiblemente iba custodiada por decenas de soldados cuyas armas letales eran mastines o perros irlandeses, cuya fiereza al atacar a los nativos se convirtió en un verdadero terror por los destrozos que provocaba sobre los cuerpos desnudos, aunque las crónicas han atenuando su importancia en las batallas en que Cortés se impuso a sangre y fuego sobre los pueblos y comunidades por los que transitaba en busca, todavía al principio, de las “Indias” y sus riquezas proverbiales.

Así que cuando Cortés y sus huestes comenzaron con la invasión, conquista y dominación de lo que se llamó provincia de México ‒que hoy correspondería a las dos lagunas (de agua dulce y de agua salada) de la cuenca de México y las siete ciudades que se localizaban dentro de las propias lagunas o en sus riberas‒ ya se tenían claras noticias de la crueldad con que actuaban los españoles contra las comunidades con las que se comenzaron a topar cuando arribaron a las costas de Cozumel, a finales de febrero de 1519.

Luego de poco más de nueve meses de campaña militar, de conquistas y sometimiento, los pueblos nativos de la provincia de México y ciudad de Temixtitan no podían tener duda de lo que Cortés y su hueste pretendían cuando llegaron al corazón de México.

El mismo conquistador, en su Segunda Carta, le escribió a su rey Carlos que cuando comenzó su invasión y guerra de conquista contra los nativos de las márgenes del Río que ya llamaban Grijalva:

… vinieron a hora de vísperas dos indios de parte de los caciques y trajeron ciertas joyas de oro muy delgadas y de poco valor, y dijeron al capitán que ellos le traían aquello para que se fuese y les dejase su tierra como antes solían estar, y que no les hiciese mal ni daño; y el dicho capitán les respondió diciendo que a lo que pedían de no hacerles mal ni daño, que él era contento, y a lo de dejarles la tierra dijo que supiesen que de allí adelante habían de tener por señores a los mayores príncipes del mundo y que habían de ser sus vasallos y les habían de servir, y que haciendo esto vuestras mercedes, y los favorecerían y ampararían y defenderían de sus enemigos”.*

A lo que los nativos respondieron “que eran contentos de hacerlo así, pero todavía le requerían que les dejase su tierra…”.

Y Cortés, a pesar de lo expresado por los nativos, apreció que quedaran como amigos y según él, “concertada esta amistad”, les dijo “que la gente española que allí estábamos no teníamos qué comer…, que les rogaba que el tiempo que allí en tierra estuviésemos nos trajesen de comer; y ellos respondieron que otro día traerían y así se fueron y tardaron aquel día y otro que no vinieron con ninguna comida…”.*

El incumplimiento de aquella demanda fue el pretexto para internarse por aquellas tierras con 10 caballos, ballesteros, arcabuceros, cañones y demás soldados para reclamar lo exigido y entonces sucedió la muy conocida como primera batalla de Centla, en la que la “victoria” de los conquistadores llevó a dos nativos principales de aquellas poblaciones a rogarles, según interpretaron los conquistadores:

“que les pesaba mucho de lo pasado, y que… les rogaban que les perdonasen, y que no les hiciesen más daño de lo pasado, y que no les matase más gente de la muerte, que fueron hasta doscientos veinte hombres los muertos, y que lo pasado fuese pasado, y que en adelante ellos querían ser vasallos de aquellos príncipes que les decían, y que por tales se daban y tenían, y que quedaban y se obligaban de servirles cada vez en nombre de vuestra majestad algo les mandasen; y así se asentaron y quedaron hechas las paces”.

Ese modo de proceder de los conquistadores se replicó con más crueldad en muchos otros lugares, sobre todo en Tlaxcala y Cholula, en donde el propio Cortés escribió:

“Otro día torné a salir por otra parte antes que fuese de día, sin ser sentido de ellos, con los de caballo, cien peones y los indios mis amigos y les quemé más de diez pueblos, en que hubo pueblo de ellos de más de tres mil casas, y allí pelearon conmigo los del pueblo, que otra gente no debía de estar allí. Y como traíamos la bandera de la cruz y pugnábamos por nuestra fe y por servicio de vuestra sacra majestad en su muy real ventura, nos dio Dios tanta victoria que les matamos mucha gente, sin que los nuestros recibiesen daño. Y poco más de mediodía, ya que la fuerza de la gente se juntaba de todas partes, estábamos en nuestro real con la victoria habida.

Otro día siguiente vinieron mensajeros de los señores diciendo que ellos querían ser vasallos de vuestra alteza y mis amigos y que me rogaban les perdonase el yerro pasado”.

Imposible saber si los nativos entendían las demandas y exigencias de Cortés, pero el conquistador, para hacer sentir su poder ante lo que sospechaba podía serle adverso, practicó las siguientes acciones:

“…los mandé tomar a todos cincuenta y cortarles las manos y los envié que dijesen a su señor que de noche y de día y cada cuando él viniese, verían quién éramos”.

Después, el conquistador finalmente escribió:

“…vinieron a mí ciertos principales del dicho pueblo a rogarme que no les hiciésemos más mal porque ellos querían ser vasallos de vuestra alteza y mis amigos y que bien veían que ellos tenían la culpa en no haberme querido servir, pero que de allí en adelante yo vería como ellos harían lo que yo en nombre de vuestra majestad les mandase y que serían muy verdaderos vasallos suyos”.

Narrativas que se repiten y aun incrementan con la matanza de Cholula. Escribe Cortés:

“… hice llamar a algunos de los señores de la ciudad, diciendo que les quería hablar y les metí en una sala y en tanto hice que la gente de los nuestros estuviese apercibida y que en soltando una escopeta diesen en mucha cantidad de indios que había junto al aposento y muchos dentro de él. Así se hizo, que después que tuve los señores dentro de aquella sala, déjelos atando y cabalgué e hice soltar la escopeta y dímosles tal mano, que en pocas horas murieron más de tres mil hombres.

Así que es que cuando Cortés llegó a la ciudad de Temixtitan el 8 de noviembre de 1519, hace exactamente 500 años, ya eran conocidos sus modos y maneras de sujetar todos aquellos pueblos y señores.

Las narraciones del propio conquistador dejan ver con toda elocuencia y vivacidad los modos de actuar y proceder, que iban muy acorde con guerras de conquista y dominación que habían estado llevando a cabo durante dos siglos en los distintos pueblos ibéricos contra el imperio musulmán, allá en la península Ibérica.

Pero esas narrativas comenzaron a ser trastocadas por valoraciones positivas sobre el accionar del conquistador, tal como las podemos comenzar a leer en los argumentos que usaron los reyes de Castilla y Aragón cuando le concedieron escudo de armas al gobernador y capitán general del ejército conquistador Fernando Cortés a través de las siguientes letras:

"Por cuanto por parte de vos Hernando Cortés, nuestro Gobernador y Capitán General de la Nueva España y provincias de ella, nos fue hecha relación que entre muchos y grandes servicios que nos habéis hecho en la pacificación y población de la dicha Nueva España y provincias de ella, que dizque en tiempo de tres años que sujetaste y aplicaste a nuestro servicio y señorío más de ochocientas leguas de tierra, poblada de mucha gente que nos reconocen por supremos y universales señores;... que vuestra intención era ir a la gran ciudad de Temixtitan –hoy México– y que fuiste mucho importunado… [para] que no fuésedes á aquella ciudad porque estaba fundada sobre agua y tenía muchos puentes levadizas, y el señor y natural de ella eran gente que nunca trataban ni guardaban verdad, y con astucias y traiciones se habían hecho tan poderosos que casi todas aquellas provincias eran suyas; y que no embargante esto fuiste y entraste en la dicha ciudad de Temixtitan y os distes tan buena maña que sin escándalo ni alboroto tomaste en vuestro poder al señor de ella e hiciste que él y sus vasallos nos diesen la obediencia y señorío de la dicha tierra...”.

Ya se ve en esos renglones escritos por el rey que la Conquista debería de narrarse en la historia como si hubiera sido de manera rápida, sin violencia y sin resistencia.

Sin embargo, esa versión contrasta muchísimo con lo narrado por el mismo Cortés, quien escribe sobre la muerte de más de 8 millones de nativos durante el siglo XVI y los tres siglos de constantes luchas por conquistar y someter a innumerables pueblos y comunidades que no fueron derrotados y se sometieron con la toma y destrucción total de ciudad de Temixtitan, en la provincia de México el 13 de agosto de 1521.

___________________
* Las citas corresponden a los siguientes libros:

1) Cortés, Hernán, Cartas de Relación, Editorial Porrúa, México, 1973 (Colección Sepan cuantos… núm. 7).
2) Martínez, José Luis, Documentos Cortesianos, México, Universidad Nacional Autónoma de México y Fondo de Cultura Económica, México, 1990.

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